En Cinta Miércoles, 11 julio 2018

Disculpe el atrevimiento, Sr. Bergman

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Ingmar Bergman

Ingmar Bergman

Escribe: Cesar Ulloa (IG: @ceguucue)

Querer decir o escribir algo sobre Ingmar Bergman me parecería desmedido; hacer un comentario, una petulancia.

Wim Wenders, cineasta alemán, abre así un saludo escrito con motivo del 70 cumpleaños de Bergman. Este 14 de julio, esas líneas cumplen 30 años de publicadas, y se celebraría el cumpleaños número 100 del cineasta sueco, el genio que nos regaló “Persona” (1966), “Gritos y Susurros” (1972), “El Séptimo Sello” (1957), “Fanny y Alexander” (1982), “Sonata de Otoño” (1978), por nombrar algunos de sus filmes.

Wenders se encontraba preparándose para filmar su película “Palermo Shooting”, cuando se enteró de la muerte de Bergman. Película que pasaría a dedicársela una vez estuviera terminada.

Woody Allen filmaba “Vicky Cristina Barcelona” cuando le llegó una llamada a Oviedo, España, que le informaba que Bergman había muerto. Allen, uno de los cineastas que con más frecuencia ha hablado de su adoración por el realizador sueco, tuvo la suerte no solo de poder acercarse a sus películas desde joven, sino que también tuvo una amistad con él y recibió invitaciones para visitarlo en su isla, las cuales -muy a su estilo- rechazó. Uno no puede hacer más que soñar con las largas conversaciones telefónicas que estos dos tuvieron, conversaciones que muchos de nosotros quisiéramos poder haber escuchado. En 1978, Allen filmó “Interiores”, una de sus películas más oscuras y tristes; su propio homenaje a Bergman.

Por estas épocas, los artículos de homenaje a Bergman llegan a diario y qué alegría que se recuerde al gran cineasta, ahora que su centenario se aproxima. Sin embargo, me pregunto por qué solo queremos recordarlo a través de listas y homenajes frívolos, y no queremos celebrarlo: celebrar su genio y su arte.

Todos los que disfrutamos de ver cine sabemos que existe un antes y un después de Bergman en nuestras vidas. Sabemos que hizo poesía visual cuando nos regaló Gritos y Susurros y que, tal vez lamentablemente, es de esas películas que logras entender por completo solo cuando vives el dolor de presenciar el sufrimiento y muerte de un ser querido. Es ahí cuando te ves reflejado y tu consuelo es ver a Bergman y dejar que su arte te abrace. Cuántos de nosotros sentimos el dolor del personaje que Liv Ullmann interpreta en Sonata de Otoño, cuántas veces nos hemos sentido incapaces de complacer a nuestros padres, cuántas veces lo hemos intentado y hemos fallado.

TenemosPersona y Después del ensayo para todos los amantes de teatro, tal vez obras maestras en cuanto a interpretación y contención actoral se refiere. Otra obra maestra nos regaló con Escenas de un matrimonio, fuimos testigos de la fortaleza de un matrimonio y cómo esa misma fortaleza se convierte en debilidad, al punto de destruir lo que alguna vez pareció indestructible. Y quién podría olvidar las desgarradoras escenas de Liv Ullmann en Cara a Cara. Si hay algo más por lo que debemos de estar agradecidos por siempre con Bergman es el habernos presentado a Ullmann y sus ojos, su mirada penetrante, su comunicación: el dolor más grande comunicado a través de una mirada.

Wim Wenders dice en el mismo artículo:

En sus obras nos hemos visto ‘a nosotros mismos’. Pero no ‘como en un espejo’, sino de un modo mucho más bello. ‘Como en una película’. Una película sobre nosotros.

Allen comentó que cuando le preguntaron cómo Bergman había influido su trabajo, él respondió que de ninguna forma:

Bergman es un genio, y yo no; la genialidad no se puede aprender o su magia ser traspasada.

Recuerdo una Navidad en mis años de adolescente en la que mi abuelo me entregó como regalo una torre de DVDs, entre los cuales había un par de películas de Bergman. “Gran director sueco, este”, dijo. “Tienes que verlo, a este no lo entiende cualquiera”. Y qué razón tenía, porque para entender a Bergman uno tiene que ver sus películas con el corazón abierto. Y eso no lo entiende cualquiera. Porque entender a Bergman es entender su arte y bien se dice que en el arte cada quien ve y entiende lo que necesita entender, lo que su bagaje de vida le regala y permite ver.

Tal vez una forma de celebrarlo es recordar a aquellas personas que nos introdujeron al universo Bergman. Tal vez decirles que, cuando nos lo presentaron, nuestra vida cambió para siempre, porque la misma vida y la experiencia cinemática no es la misma desde entonces.

Hoy creo que celebrarlo es mucho mejor idea. Volvamos a aquella película que nos tocó, conversemos de Bergman, lloremos con su trabajo, riámonos, vivamos, veámonos reflejados. Hagámoslo con respeto, con humildad, con agradecimiento. Presentémoslo a otros, vivamos ese primer momento con ellos, esperemos reacciones.

Secundo a Wenders cuando dice que comentar sobre Bergman es definitivamente una petulancia. ¿Cómo podríamos, pues, pretender comentar o juzgar a un genio? ¿Somos acaso dignos?

Hoy a mí me queda nada más que llamar a mi abuelo y agradecerle. Por Bergman, pero también por Allen, por Wenders y por los muchos más que me presentó. Porque tal vez fue Bergman quien me confirmó un amor por el cine y el arte que vivió en mi desde muy chico, y creció tan rápido y a estirones como tuve que crecer yo mismo.

No queda más que decir. Feliz centenario y disculpe el atrevimiento, Sr. Bergman.

 

De izquierda a derecha, Sven Nykvist, Ingmar Bergman, Ingrid Thulin y Liv Ullmann

De izquierda a derecha, Sven Nykvist, Ingmar Bergman, Ingrid Thulin y Liv Ullmann

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