En Cinta Miércoles, 24 enero 2018

“The Room” de Tommy Wiseau debe ser la mejor peor película de la historia del cine

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Escribe: Rafael Flores Figueroa

Es como una película hecha por un extraterrestre que nunca ha visto una película, pero a quien se le ha explicado a fondo cómo funcionan las películas.

La cita le pertenece a Tom Bissell, el co-autor (junto a Greg Sestero) de “The Disaster Artist”, el libro que detalla la producción de la notoria “The Room”, quizá la mejor peor obra fílmica hecha nunca jamás.

Aquella descripción es certera y, quién sabe, probablemente real. Y es que tras la fachada de un drama romántico que narra el triángulo amoroso entre Johnny (Tommy Wiseau), su mejor amigo Mark (Greg Sestero) y su futura esposa Lisa (Juliette Danielle), se esconde una piedra filosofal del cine capaz de convertir la ineptitud artística más desbocada en un ejercicio supremo del teatro del absurdo.

El responsable del entuerto es Tommy Wiseau: actor, guionista, productor, director y (según él mismo) vampiro. Muy poco se sabe sobre su vida y es mejor que sea así. Porque lo que toca no es el hombre, sino la obra. Se trata de un título que ha amenazado con coronarse como la película de culto por antonomasia, capaz de desplazar a verdaderos patrimonios de la humanidad, clásicos inmortales del trash y el humor involuntario, tales como: “The Rocky Horror Picture Show”, “Planet 9 From Outer Space”, “Pink Flamingos”, “Barbarella”, “Samurai Cop”, “Sharknado”, “Troll 2”, entre otras joyas preciosas del entretenimiento pagano.

Pero el magnum opus de Wiseau es una criatura distinta, un trabajo de ficción que escarba en la tradición de los dramas enfebrecidos y humeantes de Tennessee Williams, y en los frágiles antihéroes de Elia Kazan. Claro, escarba y escarba y se excede un poco, se ahoga en la tierra, la vomita, se reincorpora y nos termina ofreciendo un culebrón estridente, ilógico, dislocado, esperpéntico, huachafo, trillado y cursi; pero, eso sí, inexplicablemente adictivo y divertidísimo.

Por supuesto, sus grandes cómplices son los actores de reparto, brillantes desconocidos que comprometen todo su talento (es un decir) para arruinar aún más los ya de por sí terribles diálogos. El efecto resultante es, sin embargo, un accidente feliz: la solemnidad ceremoniosa se convierte en un disparate inverosímil, que solo adquiere sentido cuando se le pone junto a aquellas escenas eróticas donde los hombres gimen al son de las baladas románticas, mientras se consuma el coito a través del ombligo.

Entonces, la película multiplica de esa forma los momentos inauditos, anárquicos y desconcertantes, que a pesar de albergar tantas torpezas juntas (o quizá gracias a ello), logran imponer un sello único, una armonía alienígena (no es broma) que privilegia los errores de continuidad, la fotografía amateur, los efectos especiales de la serie z, la causalidad inexistente, el acartonamiento  actoral, el porno soft core, el football, los esmoquin, las lágrimas de cocodrilo, las azoteas, las rosas rojas, el chuponeo telefónico y las cucharas.

Eso sí, si existe algo impecable en la cinta, es su banda sonora, que se escucha todavía más electrizante y fogosa en su versión de 8 bits. Sería sobrado motivo para revivir a James Dean, y mostrarle aquel fruto de la cosecha propiciada por el genio (es un decir) del mejor se sus hijos: Tommy Wiseau, el auténtico Orson Welles del desastre.

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