En Cinta Jueves, 10 agosto 2017

“El planeta de los simios: La guerra” es el cierre perfecto para la que ya es una de las mejores trilogías de la historia

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Escribe: Rafael Flores Figueroa

Lleva la palabra guerra en el título, pero la última parte de esta trilogía de ciencia ficción es ante todo una cinta de venganza y de huida. “El planeta de los simios: La guerra” narra el tránsito que emprende César, el líder de los simios, hacia el escondite de los humanos, en busca del responsable de la muerte de su esposa e hijo. El trayecto se transformará en un vía crucis físico y ontológico, que lo hará debatirse entre el fusil redentor o el perdón del adversario.

Definitivamente, el realizador Matt Reeves es un talento fuera de serie. Ya desde su primer largometraje, “Cloverfield”, podía apreciarse un interés por la sujeción del género fantástico; es decir, el aprovechamiento desprejuiciado de aquel divertimento que apela a la complicidad más juguetona del espectador. El margen ilusorio gobierna su cine, pero la ejecución del oficio hace la diferencia: mientras que sus congéneres apuestan por un ritmo espástico y una continuidad intensificada, Reeves prefiere mirar atrás, hacia la tradición del espectáculo de antaño; aquel donde el público se rendía ante criaturas gigantes, se dejaba seducir por espectros guardados tras la sombra, o seguía con fervor las desventuras de héroes míticos.

Así, en “Cloverfield” el cineasta tomaba prestada la mitología de los mostrencos nipones, aquellos portentos imposibles que solo tenían un propósito: la destrucción indiscriminada de los humanos. En el caso de “Déjame entrar” (Let me in, 2010), utilizaba la figura quimérica del vampiro, tal como fuera alucinada en el principio: una presencia quieta y seductora, que oculta su hambre de sangre en el silencio ceniciento de la niebla.

En el caso de la saga de los simios, Reeves se apodera de una franquicia de ciencia ficción (la primera parte del reboot no la dirigió él), y la convierte en un drama épico de guerra, en la mejor tradición de los artesanos de ambición panorámica, como David Lean o Cecil B. DeMille. Para esto, hace de su protagonista, el homínido César (Andy Serkis), un héroe noble y recio, pero quebrantado, modelado bajo la estampa del T.E. Lawrence que interpretara Peter O’Toole. De forma similar, el cineasta no teme marginalizar la acción en pos de una intimidad tensa y sobrecogedora, la cual servirá de médula del conflicto: la guerra como acumulación de odios que se gestan en discusiones unilaterales y a puertas cerradas.

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Esa asimilación del costado épico le otorga a la cinta otro atractivo: la cualidad alegórica de la historia. La fuente del relato (la novela de Pierre Boulle que luego se hizo película bajo el mando de Franklin J. Schaffner) no se convierte en camisa de fuerza y, por el contrario, es aprovechada para hacer de César y los suyos una suerte de abstracción de los pueblos desplazados, aquellos que fueron (y siguen siendo) víctimas del prejuicio y la estupidez.

Por lo tanto, para darle encanto a su alegoría, Reeves inserta una serie de personajes memorables e impredecibles: todos, aliados y antagonistas, están dotados de asperezas que se sugieren de a pocos. Es otro acierto del realizador: crear personalidades escuetas que ocultan su presencia, y que saltan al reflector cuando el relato se puede servir de ella. Es el caso del Coronel, interpretado por Woddy Harrelson, quien concibe un antagonista siniestro desde la inacción y la media luz, apoyado en un ritmo cansino y un balbuceo tembloroso que por momentos remite al Coronel Kurtz de Brando en “Apocalypse Now”.

Las imágenes, además, tienen una fibra visceral. El cineasta se esfuerza para diseñar una serie de secuencias de acción que se valen de las posibilidades plásticas de la tierra y la pólvora. La violencia es tajante cual ruido sordo, y se expone a través de planos abiertos de duración prolongada: la sangre vertida no es solo metáfora, sino también bocado para los sentidos.

Y está el factor Serkis. En toda la trilogía, hemos sido testigos del aliento macizo que emana el cuerpo de este intérprete, el cual sintetiza sus emociones en la minucia de los nervios y la acentuación del gesto invisible, rebasando así la máscara digital. El recrudecimiento de la lucha alcanza magnitud tangible solo cuando la imagen nos enfrenta con el rostro de César: la cobardía de los hombres es ese odio decantado a través de su mirada, que se embota de un rencor que solo desaparece en el último aliento, cuando sus ojos se encuentran con el calor de un pueblo emancipado.

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