En Cinta Lunes, 6 marzo 2017

“Silencio” del maestro Martin Scorsese es una profunda exploración de los caminos de la fe

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Escribe: Rafael Flores Figueroa

La pasión según Scorsese lleva el título de “Silencio”. La película narra el viaje que emprenden Sebastiao Rodrigues y Francisco Garupe, dos sacerdotes jesuitas, al Japón de 1640, en busca del que fuera su mentor, el padre Ferreira, de quien se rumorea de haber apostatado y abrazado el budismo. Es el siglo 17 y el catolicismo está prohibido en las tierras niponas. Los japoneses conversos llevan el nombre de kakure kirishitan (cristiano oculto) y, junto con los sacerdotes evangelizadores, son perseguidos y hasta ejecutados por incumplir la ley profesando sus creencias. Es en este escenario donde aparecen Rodrigues y Garupe. Su pesquisa acabará convirtiéndose en una lucha múltiple: contra la opresión de las autoridades japonesas, contra la naturaleza e incluso contra su propia fe.

Martin Scorcese es un católico devoto que incluso en algún momento de su juventud llegó a ansiar la vida apostólica. Por supuesto, esta ilusión temprana no prosperó, privilegiando en cambio el camino del laicismo que lo hizo decantar en la realización cinematográfica. Y es desde esa posición que él decide reflexionar sobre sus creencias, preguntando e indagando en los misterios del dogma. “Silencio” es tanto un crudo drama de época como una profunda exploración de los caminos de la fe. En sus casi tres horas de metraje, Scorsese somete a sus protagonistas a una lucha que parte desde el exterior para situarse poco a poco en el seno de sus entrañas. El realizador concibe su catolicismo como un diálogo continuo e inclemente, apasionante aunque pragmático.

Él inicia el viaje en la isla Hirado, que se nos presenta como un escenario inhóspito, además de semioculto por su propia geografía. Las grandes moles rocosas y la espesa blancura de la niebla son acaso una alegoría de los propios demonios que aquejan a los jesuitas Rodrigues y Garupe. Las imágenes los muestran siempre agazapados y temerosos ante estos escenarios. No hay lugar para el lucimiento de la escenografía ni para el exotismo. El punto de vista es comedido, evita la contemplación y busca lo esencial: solo nos importa el tránsito de los padres y sus conversaciones con unos feligreses que no dejan de solicitar bendiciones, y con la aparente ausencia de un dios que calla. Es en aquel silencio forzado que los ojos piadosos, esos cuerpos frágiles que son Andrew Garfield y Adam Driver, se convierten en vehículos que acogerán la angustia y la amargura de la duda. El cambio se traduce en los gestos, pero también en la carne: lentamente, les vemos recrudecer el pliego de sus miradas, convertir sus rostros en rictus de la desesperanza, trocar sus cuerpos por sacos de músculos opacos, vencidos por la doble tortura del exterior y de sus propios corazones escépticos. Son como el Jesús de Willem Dafoe en “La última tentación de Cristo”: hombres contradictorios que sufren en sus cuerpos lo que sus mentes son incapaces de reconciliar.

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Y las aguas nunca se serenan. En ese marco agreste, Scorsese concibe cuatro antagonistas formidables, figuras ambiguas que aparecerán para enfrentar tan solo con sus ideas y sus palabras (quizás las armas más poderosas). No son villanos, sino caras opuestas de creencias diferentes; ni mejores, ni peores. Yosuke Kubozuka hace de Kichijiro, el guía desleal, el Judas involuntario. Su registro nos muestra a alguien que es trémulo, impredecible, patético y miserable, pero que sin embargo induce a la compasión. Tadanobu Asano es el intérprete, una especie de anfitrión que acompañara al padre Rodrigues en su cautiverio. En esa aura de cinismo también habrá lugar para la serenidad, aunque sea una serenidad desafiante y rígida. Liam Neeson aparecerá hacia la tercera parte de la cinta, personificando al legendario Ferreira. Su presencia es desconsoladora, tanto por el lugar que ocupa en la historia como por su interpretación de un hombre derrotado, esquivo y quebradizo. Su cuerpo y su rostro permanecerán contenidos, ajustados al clima álgido que empieza a augurar un desenlace infeliz.

Finalmente, Scorsese nos presenta a Inoue Masashige, el inquisidor, interpretado por Issey Ogata. Es un personaje histórico, la autoridad responsable de la persecución y la desaparición de muchos cristianos en Japón, conocido además por haber sido amante del sogún Tokugawa Iemitsu. El actor que le da vida lo recrea como una figura sibilante, que no deja de sesear para imponer su voluntad. En sus escenas se despliega una teatralidad conjugada por afectaciones corporales y faciales, las cuales son templadas por la mirada gélida y soberbia que proyecta el actor. Su retórica tiene un temple temible, pero también lúcido y seductor. Es que acaso no haya maldad más inquietante que la que asemeja la atracción de una serpiente al acecho, siempre a punto de embestir.

Así, el conflicto alterna las discusiones con las durísimas escenas de persecución y de cárcel. Es en estos momentos que los protagonistas recurren al planteamiento de la apostasía como salvataje propio y colectivo. El comedimiento del realizador para plantear su puesta en escena lo salva de mostrar patetismo o miseria gratuita. Incluso la música, conformada por ruidos concretos del ambiente y sutiles intervenciones de cuerdas, es casi imperceptible, un susurro más que acompaña este vía crucis oriental.

Pero Scorsese no solo cuestiona. Al igual que en “La última tentación de Cristo”, una especie de apaciguamiento sobreviene al final del camino. Él reflexiona con severidad, contradice y desmiente a sus personajes, expone sus creencias y las deconstruye. Sin embargo, guarda para la conclusión un momento de luz. En la escena que cierra la cinta nos muestra que quizá la muerte no sea solo un fuego que consume nuestros huesos, ni siquiera un profundo silencio, sino un último acto de resistencia, una oportunidad más para afirmar la fe en la voluntad propia.

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