En Cinta Miércoles, 19 octubre 2016

El Cercano Oeste existencial de «Westworld» es la nueva apuesta millonaria de HBO

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Imagen: HBO

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Escribe: Rubens Juárez (@rubensyyo)

Después de un atropellado proceso de producción (se regrabaron muchas escenas y se retrasó el estreno), que involucró varios cambios en busca de un producto digno de tomar la posta de «Game Of Thrones», el domingo 2 de octubre HBO estrenó «Westworld», la versión televisiva del libro de Michael Crichton (el mismo de «Jurassic Park») que él mismo llevó al cine en 1973.

Esta serie de ciencia ficción ha sido diseñada por Jonathan Nolan (hermano y frecuente colaborador de Christopher Nolan) y Lisa Joy («Pushing Daisies»), a los que J.J. Abrams acompaña produciendo. Frente a la imperiosa necesidad de mantenerse con la corona de las superproducciones televisivas, HBO llevó meses promocionando una serie que trae al western de vuelta a la pantalla, algo que a priori no me llamaba mucho la atención. Sin embargo, la apuesta va más allá porque, como le encanta a Crichton, este mundo del Lejano Oeste también es una especie de parque de atracciones donde todo termina saliéndose de control.

La filosofía detrás

“La puedes oír, ¿no? Esa vocecita. La que te dice que no hagas nada que puedas lamentar. ¿Sabes dónde no molesta esa voz? En mis sueños. Donde puedo ser tan buena y tan mala como quiera”, relata la prostituta Maeve (Thandie Newton) a uno de sus clientes. Supuestamente, para convencerlo de dejarse llevar y tomar sus servicios. Pero, más allá de eso, Maeve nos cuenta la razón de ser de «Westworld», la serie y la empresa ficticia. Se trata de un mundo diseñado para que los clientes den rienda suelta a sus impulsos, sin ningún tipo de consecuencia. Pueden romper todas las reglas de la sociedad: robar, violar, torturar, asesinar, y no importa, porque “todo es parte de un juego”. Como en los videojuegos de hoy en día.

Esta es la premisa de la nueva serie de HBO, que se devela por completo en el capítulo 2, donde después de exponer el grueso de personajes y elementos básicos de la historia que seguirá, nos pide tomar asiento y filosofar un poco. Eso es lo más atractivo de la propuesta. Que no se queda en un producto efectista de ciencia ficción y vaqueros, sino que pretende hablarnos de algo más substancial.

La propuesta es bastante meta, porque el universo de «Westworld» funciona como un símil del mundo audiovisual y la forma en la que se conciben películas/series hoy en día, ya que podemos reconocer a guionistas (el Departamento de Narrativa), actores (los  hiperrealistas robots) y productores altaneros a los que solo les importa ahorrar. En este sentido, ellos mismos aclaran a viva voz que la narrativa no debe ser un reflejo de ‘lo que es y lo que quiere’ el guionista, ni si quiera se trata de esa eterna búsqueda del ‘quién uno es’, sino más bien del ‘quién puedo ser’.

Y de eso se trata «Westworld»: de posibilidades. Escapa rápidamente de la sinopsis superficial, donde se habla de un mundo distópico en el que el humano nuevamente juega a ser Dios y sus criaturas se rebelan contra él. En cambio, nos exige prestar atención a los detalles de un experimento que habla de nuestra propia naturaleza y la del mundo en el que vivimos.

Propuesta audiovisual

Es innegable que HBO tiene el dinero y los talentos para ofrecernos lo mejor de lo mejor. Desde los créditos iniciales, pasando por la cuidada fotografía hasta la elección del formidable reparto, donde resaltan casi todos: Anthony Hopkins, Ed Harris, Evan Rachel Wood, Thandie Newton, James Marsden, Rodrigo Santoro y un destacado etcétera. Rostros que sustentan una narración que no corre, sino que se toma su tiempo para instalar con cuidado cada engranaje de esta pieza de relojería, que es elegantemente condimentada por un soundtrack intrigante, donde destacan versiones de Hole Sun de Soundgarden, No Surprises de Radiohead y Paint it Black de The Rolling Stones.

Los personajes

Se trata de una propuesta bastante coral, por lo que no podría profundizar mucho en ninguno. Lo que puedo hacer es un análisis general, donde separamos a los personajes en dos grandes grupos: aquellos dentro del juego y los que están fuera. Las víctimas y los victimarios.

El problema principal de quienes están dentro de «Westworld» es ese despertar, la autoconsciencia de que viven en un mundo artificial, donde no son más que actores en una historia hecha al capricho de sus creadores, donde se les niega todo tipo de libre albedrío, solo se les da la ilusión de ello. Por fuera está el humano vuelto Dios, que experimenta la gran responsabilidad de ser artífice del destino de criaturas que son más de lo que predijo, y a las que deberá, tarde o temprano, rendir cuentas.

Dicho esto, está claro que la serie ofrece un sinnúmero de caminos bastante interesantes de recorrer, pero donde todos parten del mismo lugar, del mismo ombligo: el ser humano, las eternas preguntas que lo han asechado por siglos y, sobre todo, su soberbia.

Tráiler de la película de 1973

Un buen augurio

«Westworld» se convirtió en el mejor estreno de HBO desde «True Detective» en el 2014. Su debut fue visto por 3.3 millones de televidentes, su segundo capítulo aguantó el también segundo debate presidencial con 2.7 millones de espectadores y este último domingo la audiencia demostró la solidez de la propuesta de Nolan con un tercer episodio que alcanzó 3,2 millones de seguidores.

Tomando en cuenta que, allá por el 2011, «Game of Thrones» estrenó con 2,2 millones de espectadores, podemos decir que «Westworld» ya es un éxito. Y felizmente, ya que estiman que se gastaron 100 millones de dólares para grabar toda la temporada (un promedio de 10 millones por episodio).

Se trata de un suceso que no sigue una fórmula medida y probada; en cambio es un experimento bastante petulante, pero que se mantiene muy cercano. Y no es que el Lejano Oeste sea lo más afín a nosotros, sino que Crichton y Nolan utilizan este mundo y sus personajes como un escenario de marionetas que están ahí por el bien mayor de hablarnos de nosotros mismos. Eso siempre nos va a interesar.

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