cine , En Cinta Martes, 2 febrero 2016

2 críticas opuestas sobre «Anomalisa»: una a favor y otra en contra

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Sobre la insoportable búsqueda de la felicidad (y el amor)

Imagen: Difusión.

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Escribe: Alberto Castro (@mczorro)

El cine de Charlie Kaufman nos ha acostumbrado a enfrentarnos a situaciones inverosímiles que limitan con la fantasía, para desentrañar los misterios existenciales más humanos, aquellos dilemas del amor y la creación artística. Desde adentrarnos en la mente de un actor de renombre en «Being John Malkovich» (para, de paso, hablarnos de miles de temas en una misma película), pasando por el complejo bloqueo creativo de «El Ladrón de Orquídeas» y el doloroso peso de la memoria (con ese atisbo de esperanza final que nos dice que el amor verdadero existe y subsiste) en «Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos».

«Anomalisa» vuelve a traernos a Kaufman en la mejor de sus formas, más lúcido y ordenado que en sus anteriores trabajos, quizás, y más complejo en la manera de ahondar en la sensibilidad humana. Más cínico y oscuro, también, en su representación de la soledad, la monotonía y el encierro al que en algún momento de la vida todos debemos entregarnos. O tal vez no todos, aunque la historia va a resonar en cada espectador de manera diferente.

Michael Stone (al que da vida David Thewlis y su delicioso acento inglés) es un experto en atención al cliente que viaja a Cincinnati para brindar una conferencia sobre su nuevo libro. Se trata de un hombre que tiene problemas para relacionarse con los demás, ya que los considera a todos igual de aburridos y mundanos (paradójico su comportamiento para el tipo de enseñanzas que imparte): la película sabe representar aquella monotonía haciendo que todos (y con esto me refiero a TOOOODOS) tengan el mismo rostro y la misma voz (tremendo trabajo de Tom Noonan interpretando a varias decenas de personajes). Todo cambia cuando conoce a Lisa Hesselman (con la frágil voz de Jennifer Jason Leigh, radicalmente opuesta a la grosera Daisy Domergue que interpreta en «Los 8 Más Odiados»: el 2015 fue su año) una mujer repleta de inseguridades, con facciones y una voz distintivas. 

Pero la película se aleja de las reflexiones sobre el amor como noción idílica, a pesar de que así es como estas dos almas se encuentran y reconfortan entre sí (notable una escena que involucra a Cindy Lauper y un sucesivo encuentro sexual, tan imperfecto, torpe y desordenado que se siente real, el más real que haya visto en el cine en mucho tiempo, algo complicado de decir al tratarse de marionetas). Ese último acto es clave para entender a lo que apunta el director realmente, un mensaje desencantado y desolador, y por ello más delicioso de desmenuzar. Cuando todo se dirige hacia un complot de robóticas proporciones (algo que no sería extraño en el universo de Kaufman), cuando aparecen elementos pesadillísticos que podrían llevar la historia a cualquier lado, la película prefiere dar un paso al costado y hacia atrás. Y lo hace para bien.

Gran parte de la crítica mundial apunta a que «Anomalisa» es, por encima de todo, una ‘película humana’, y con mucha razón. Fuera de los personajes diseñados como marionetas (cuyos rostros podrían ser, como no, intercambiables) y de ese rostro y voz que se repite por doquier, todo se le atribuye a la mente compungida del protagonista, a su manera de ver el mundo. Al final, la película regresa a ese único contacto humano para hacerlo trizas, para diseccionarlo en favor del análisis: porque la película ve el amor como algo finito e ilusorio; y de la misma forma la felicidad. «Anomalisa» nos plantea como seres en una insoportable (y fútil) búsqueda de la satisfacción plena; observa las relaciones como circuitos finitos y nos habla de la necesidad de rendirse en el camino. Se trata de una mirada devastadora de la vida, claro que sí, una que tal vez le caiga mal a algunos. Vaya que sabe retratar la frustración de un hombre asfixiado por una vida que no lo llena. 

La sencilla historia que vemos en «Anomalisa», la del hombre que conoce a una mujer que lo atrae por motivos inexplicables, la debe haber vivido el protagonista incontables veces en su vida: y miles de personas en el mundo real cada hora del día. Se trata de la película más sencilla que nos ha regalado Kaufman en cuanto a historia (una que podría resumirse en un par de líneas), pero la más compleja en la multiplicidad de interpretaciones e identificaciones que tendrá con cada uno que la vea. Esta es la mejor película que he visto en muchísimos meses y fijo se quedará como una de mis favoritas del año.

Un borrador de ideas sin una conclusión clara

Imagen: Difusión.

Imagen: Difusión.

Escribe: Dante Morales

Me considero un fanático del cine de Charlie Kaufman, por lo que esperé con impaciencia cerca de siete años el estreno de «Anomalisa» en nuestro país. Estuve atento a los pormenores de la filmación, la campaña virtual de recolección de fondos, la aplicación del stop-motion, los detalles de la historia, su presentación en Venecia. En ningún momento se me ocurrió pensar que el genio neoyorquino me fallaría.

Michael Stone es un orador motivacional que lleva una vida tan patética como de la mayoría de los hombres de nuestra generación: muy lejos de vivir plenamente. La primera parte de la película parece un concierto de alienación, donde sobresale el detalle de que todos los personajes poseen la misma voz. De esto no se salva su familia, el supuesto motor de sus acciones: un hijo completamente indiferente y una mujer apática con sus problemas existenciales. Nuestro protagonista se traslada a una ciudad que se reduce a una comida típica, a un lugar famoso… Es básico entender esto como parte de un contexto tanto universal como particular. Estamos en los Estados Unidos (de ahí la escena de la televisión-basura), donde se ha consolidado una ideología que impone el embrutecimiento progresivo de su gente con fines políticos. Pero también es algo que podemos ver, con sus particularidades, en nuestro país: los tristes hombres de oficina que esperan al viernes a las cinco de la tarde para empezar a vivir, al menos un ratito. Es por ello que los personajes de la película son caracterizados como marionetas.

A partir de este planteamiento y de la metáfora general, es que Charlie empieza a tejer una historia llena de pequeñas reflexiones. Como en aquella escena en la que Michael intenta recuperar un viejo romance y sigue el viejo ritual para concertar una cita: pero el no seguir los parámetros de enamoramiento lo privan de una noche de pasión. Es una crítica tan cruda como sutil.

La metáfora que sostiene la historia global es la voz única de Lisa, la cual encandila a nuestro protagonista, tanto así que está dispuesto a empezar a conocer las cosas bellas que es capaz de regalarnos la vida. Esa escena en la que empieza a desarmarse su mecánica anatomía es una idea que solo podría ser concebida por un cerebro tan brillante como el de Kaufman. Para después regalarnos una escena que se lleva todos los aplausos: aquella en la que Lisa explica, con una canción de Cindy Lauper, que se siente diferente no solo por sus peculiaridades como ser humano, sino porque aspira a ser una mujer libre.

No obstante, la película no logra aterrizar sobre ningún tema en particular, a pesar de las diversas reflexiones sobre la naturaleza de las sensaciones humanas. Se ahoga en su propia atmósfera opresiva y se olvida de que todo debe funcionar como una pieza del engranaje que sirva para sustentar una reflexión general. Esto no ocurre ni cuando se descarrilan los simbolismos, ni cuando se impone ese depresivo final. Desde mi punto de vista, este puede ser el guion más flojo de Charlie (quizás por ello abandonó por primera vez el proyecto en el 2005).

Creo que el gran problema de «Anomalisa» es no poseer una simetría (no entendido en el sentido mecánico), pues al final todo resulta un cúmulo de ideas que no se logran complementar. «Anomalisa» fracasa por ser solo un largo monólogo al que se le añaden situaciones. Esto no le resta méritos al complejo trabajo de animación o –sobre todo— a la complejidad con la que se abordan temas como la monotonía, la ilusión o el erotismo. Pero es esa ausencia de conclusión clara la que le termina fallando.

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