En Cinta Miércoles, 17 junio 2015

El cineasta portugués Pedro Costa llega a Lima y esto es lo que necesitas saber sobre su filmografía

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A propósito de la llegada del realizador portugués Pedro Costa a nuestro país en el marco del 5to Festival Lima Independiente, aquí una reflexión sobre su celebrada filmografía. No olvidarse que dictará una clase maestra este sábado 20 de junio en la Universidad de Lima y proyectará en el certamen “Cavalo dinheiro”, la película que le valió el premio al Mejor Director en el último Festival de Locarno.

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Escribe: Rodrigo Bedoya (@Zodiac1210)

La depuración y la economía de recursos no es solamente una forma de narrar dentro del cine de Pedro Costa: se trata de una manera de conectarse y de entrar a su propio mundo. Un mundo en el que todos los elementos tienen un toque de melancolía, como si estuvieran estacionados en un pasado que quizá no fue mejor, pero que está presente, persiguiéndolos y acaso poseyéndolos.

Costa, nacido en 1959, es uno de los grandes referentes del cine de hoy. Y lo es porque ha sabido construir un lenguaje distinto a partir de una mirada sin concesiones, que está ligada al mundo de los imigrantes de Cabo Verde en Portugal.

“Casa de Lava” (1994)

“Casa de lava” (1994), su segunda película, nos muestra a Mariana, una enfermera que debe llevar a un obrero inmigrante en estado de coma de vuelta a Cabo Verde. Ahí conocerá todo un mundo que le hará replantearse su vida. El espacio en el que se desarrolla la historia tiene como característica la aridez que rodea el Pico de Fuego, un volcán y el punto más alto de este archipiélago nación. Pero lo extraño de la propuesta de Costa es cómo la aridez parece contagiar la conducta y las relaciones de los personajes, que parecieran vivir esperando algo que nunca llegará. Costa, un especialista trabajando con actores no profesionales, utiliza la parquedad y la contención para dotar a su película de un ambiente en el que la muerte parece haber contagiado a todos los personajes, ya sean los empobrecidos habitantes del lugar, como la mujer blanca que tiene una enorme influencia sobre ellos.

Mariana va y camina por esa aridez tanto física como personal, tratando de encontrar un sentido que parece no llegar. Los planos estáticos de Costa, por momentos, parecieran mostrarnos el proceso de cómo esa tierra árida y maldita va convirtiendo en zombies a sus personajes, quitándoles acaso la voluntad de vivir, de actuar, de seguir adelante. Costa ha señalado varias veces que una de las referencias de su cinta es “Caminé con un zombie”, de Jacques Tourneur,  y en efecto se siente algo de esta gran película; sobre todo en lo que se refiere a los ambientes y espacios, y cómo estos parecen consumir a los personajes.

El viaje a Cabo Blanco para hacer “Casa de lava” le permitió a Costa conocer Fontainhas, el barrio que después fue ambiente del resto de buena parte de su filmografía. Tal sitio es el refugio de varios inmigrantes de Cabo Verde, y muchos de aquellos que trabajaron en “Casa de lava” le pidieron que, una vez en Lisboa, dejara ciertos recados a sus familiares que vivían ahí. Fue así que el realizador descubrió un mundo apasionante, que se dedicó a retratar en cintas como “Huesos” y “En el cuarto de Vanda”.

“Ossos” (1997)

“Huesos” es un retrato del día a día del barrio, centrado en una historia particular: la de una pareja que acaba de tener un hijo.  El estilo del cineasta se centra en los ambientes opacos y en las acciones mínimas de los personajes, que pasan por momentos eminentemente complicados, pero cuyas reacciones nunca parecen de desesperación: por el contrario, los rostros impávidos parecen marcar cierta resignación en su andar.

Los personajes del filme van de un lado a otro en absoluta seriedad, como si estuvieran cumpliendo un rol que es más grande y más fuerte que ellos. De nuevo, pareciera que estamos viendo a un grupo de zombies moverse en escena, solo que ahora en un barrio más grande y densamente poblado, de ambientes grises y duros. Como si no hubiera ningún escape posible a esa condición.

“No Quarto da Vanda” (2000)

“En el cuarto de Vanda” es una cinta ardua, en la que Costa planta su cámara y nos va mostrando el día a día de distintas personas del barrio; un sitio en el que la droga y la pobreza forman parte justamente de ese marco cotidiano que el realizador retrata con total tranquilidad.

Pocos realizadores han conseguido lo que consigue Costa en el filme: su cámara quieta tiene un efecto implacable al mostrarnos ese día a día de personajes con carencias no solo económicas, sino también afectivas, y que las asumen como parte de su realidad. Por eso, las escenas en las que los personajes se drogan y se destruyen, se insertan de manera absolutamente natural con otras en las que ellos simplemente conversan o hacen sus actividades diarias. Y esa inserción tan natural se debe justamente a la economía de recursos del cineasta, que mira de manera frontal las situaciones y va creando un mosaico en el que la disfuncionalidad parece no solo asimilada, sino un elemento físico más que convive en la casa de los personajes, como un mueble o una mesa.

Pero Costa usa esa realidad como un punto de partida que él mismo se encarga de distorsionar y deformar. Porque dentro del aparente realismo que el cineasta va construyendo siempre hay espacio para las sombras, para los claroscuros, para personajes que viven en la más absoluta oscuridad y cuyos rostros no vemos, como si fueran espectros sumergidos en ese mundo de marginalidad. Las sombras proyectadas en las paredes, los contraluces que tapan a los personajes mientras hablan y los tonos duros y sombríos de los espacios no nacen de esa captura de la realidad, sino de una intención consciente del realizador por generar esos colores y efectos. Como si muchos de los personajes que presenta “En el cuarto de Vanda” fueran simples fantasmas que están ahí, viviendo en un mundo que se choca con una realidad social durísima, pero que también parece estar en un mundo aparte, acaso un paso más cercano a la muerte.

Para Costa, la marginalidad no es una acción o un grito de desesperación: se trata de una forma. Cada sombra de los personajes proyectados a la pared, cada ser del que vemos tan solo una silueta sumergida en un contraluz mientras escuchamos su voz, es una forma de representarla y de palparla. La imagen imperfecta del digital potencia esa sensación enrarecida de estar presenciando una danza de sombras.

“Juventude Em Marcha” (2006)

Es el pasado que se siente en la mirada y en las caminatas de Ventura, el protagonista de “Juventud en marcha”: su ir y venir por las calles de Fontainhas, barrio marginal de Lisboa, tiene como objetivo reconciliarse con él mismo, con sus trazos, con lo que queda de ese tiempo. Y esa recuperación tiene siempre algo de fantasmal, de sombría, como si los espacios y los lugares estuvieran en una especie de limbo fuera de la realidad. Costa filma ambientes empobrecidos y saca de ellos lo más abstracto y menos realista. El portugués mira la pobreza de frente, pero no para denunciarla o recalcarla, sino para crear con ella un espacio distinto, alejado del tiempo presente.

Los espacios que filma Costa están enrarecidos, cortados por rayos de luz que chocan contra las sombras y las paredes oscuras; o por ambientes absolutamente iluminados que parecen fuera de este mundo. De nuevo, la luz se convierte en el motor principal del cineasta para generar un espacio que no tiene nada de realista, sino que más bien parece poner a los personajes en una dimensión distinta, casi atemporal.

La cinematografía de Costa se nutre de aquello que ha sido la base del cine: la luz y las sombras. Sombras que, por ejemplo, crean ambientes que parecen directamente sacados del expresionismo alemán (algunas casas parecen dibujadas al estilo de “El gabinete del doctor Caligari”) y que le dan una dimensión casi sobrenatural a espacios muy apegados a la realidad material, donde la pobreza es la forma de vida. El cine de Costa distorsiona la realidad a partir de los elementos que marcaron el nacimiento del cine: la luz y la oscuridad.

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