En Cinta Domingo, 5 abril 2015

«Rápidos y Furiosos», una franquicia condenada al fracaso que redefinió el cine de entretenimiento

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Escribe: Omar Cáceres (@Cine_filoso) y Alberto Castro (@mczorro)

«Rápidos y Furiosos» es una de las franquicia cinematográfica más rentables de los últimos tiempos, una que viene recaudando más de 2 mil millones de dólares a nivel internacional, con siete episodios en su haber, a lo largo de década y media. Y podemos esperar varios capítulos más, según confirma el mismo Vin Diesel, quien promete una trilogía (sí, del episodio 8 al 10) que nos contaría una misma historia en tres partes.

«Rápidos y Furiosos» es aquella saga que comenzó siguiendo a pandillas involucradas en carreras ilegales de autos, para con el tiempo consolidar un núcleo familiar reconocible (una unión de antihéroes, unos Vengadores sobre ruedas) cuyas aventuras los llevaron a desafiar las mismas leyes de la física. Y es que ya no importa tanto el filón de ilegalidad, los automóviles y mujeres con poca ropa, sino que pesa más el grupo humano de lealtad inquebrantable, sumado a secuencias de acción milimétricamente coreografiadas (nada del desorden visual de «Transformers», por ejemplo), todas memorables e inverosímiles, sí, pero funcionales dentro de las reglas que impone la misma franquicia.

Esta semana se estrenó «Rápidos y Furiosos 7» y no ha pasado desapercibida: más de medio millón de peruanos fueron a verla en su primer fin de semana en cartelera. Es por ello que decidimos hacer un breve repaso de la saga sobre ruedas, una franquicia condenada al fracaso en un primer momento, pero que supo reinventarse y fortalecerse a partir de la dinámica de sus integrantes, mezclando la aventura, la acción, la fantasía y el soup opera, redefiniendo en cine de entretenimiento.

«Rápidos y Furiosos» (2001) de Rob Cohen: CALENTANDO MOTORES

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Ninguno de los involucrados se imaginó que este sería el inicio de todo un fenómeno cultural. La primera de la saga involucra autos que cualquiera quisiera tener, chicas de curvas impresionantes y escenas plagadas de acción vertiginosa gracias a la rapidez de sus coches, aunque no tanto por el drama de sus personajes (uno bastante básico, hay que decir). Vamos, recordemos que la película se basó en un artículo breve que escribió Ken Li sobre carreras callejeras. La cinta no contaba con rostros populares en su reparto, ya que Paul Walker recién se daba a conocer y Vin Diesel había participado en cintas menores de acción. Ni qué decir de su director, Rob Cohen, que tenía en su haber películas como «Corazón de Dragón» o «Daylight» con Sylvester Stallone, lo cual no era un gran antecedente que digamos. Se trató de una apuesta dirigida al público joven, que no aspiraba a mucho, pero que en la práctica resultó rentable (superó los 200 millones de dólares de recaudación internacional, frente a un presupuesto de menos de 40 millones). Cumplió con ser entretenida, aunque sin muchas sorpresas en el guión (giros bastante predecibles), ni actuaciones sobresalientes. Aún así, resultó apasionante para los amantes del mundo automotriz y a la vez divertida para aquellos que apenas sabemos encender un auto.

«Más Rápidos, Más Furiosos» (2003) de John Singleton: BACHES EN EL CAMINO

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Era obvio que luego del suceso comercial de la primera parte, el estudio querría una secuela. El problema fue que Vin Diesel exigió 27 millones de dólares para regresar (puede que se le subieran los humos o simplemente no quisiera hacerlo), algo que obviamente le fue negado, por lo que Paul Walker tuvo que regresar al lado de un nuevo partnet: Roman Pearce (interpretado por Tyrese Gibson). Se siente la necesidad de repetir la fórmula de la primera, solo que añadiendo una sub-trama de narcotráfico de drogas. Al final la secuela sabe a un mal chiste de la primera, sin querer serlo, evidentemente. Sentimos que toda la acción y las carreras ya las hemos visto antes, solo que en esta ocasión su espectacularidad se ve enturbiada por demasiada comedia o gags fuera de lugar. Es en esta secuela que también conocemos a Tej (Ludacris), quien regresaría luego a formar parte de la familia sobre ruedas. A la película le fue relativamente bien comercialmente, aunque no lo suficiente como para asegurar un futuro en el cine (tal vez sí en el mercado casero, algo que fue considerado por el estudio).

«Rápidos y Furiosos: Reto Tokio» (2006) de Justin Lin: LA PEOR

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Esta película se sintió completamente aislada en su momento (creemos que todavía lo hace), ya que no solo olvidó a sus protagonista originales (Paul Walker no regresó, Vin Diesel lo hace en un pequeño cameo), sino que trasladó las carreras ilegales a Tokio, sin especificar su ubicación en la línea de tiempo de la franquicia (en las siguientes películas nos enteramos que estaba ubicada en el futuro). La película es la más aburrida y tonta de la saga, con un protagonista adolescente cuya angustia y engreimiento no hace más que estresarnos. Aunque la secuela se beneficie un poco de la prolijidad que le imprime el director Justin Lin a la acción en general, no es lo suficiente como para rescatarla del olvido. Eso sí, es aquí que conocemos a otro integrante vital para el desarrollo de las siguientes secuelas: Han (interpretado por Sung Kang). Aquí también encontramos el detonante de lo que sucederá en la séptima entrega (aunque no fuera planeado de esa manera originalmente). Esta tercera parte fue un fracaso comercial doloroso para el estudio, uno que casi condena la franquicia.

«Rápidos y Furiosos 4» (2009) de Justin Lin: EL REINICIO

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A partir de este episodio es que la saga entiende qué es lo que debe hacer si es que quiere sobrevivir. No solo decidió reclutar a los protagonistas originales (Vin Diesel, Paul Walker, Michelle Rodriguez y Jordana Brewster) y añadió a Sung Kang (la pieza entrañable de la tercera parte), sino que le cedieron control creativo a Diesel, quien desde su papel de productor se dio cuenta que la saga necesitaba dejar de lado las carreras ilegales, para concentrarse en los atracos y la noción de familia. Otra clave para revivir la saga: empezar a desafiar cada vez más la verosimilitud de las escenas de acción, generándose reglas propias de la física (las tres primeras películas habían sido ‘realistas’ dentro de lo posible, nada demasiado fuera de lo común), además de encontrar villanos más complicados de vencer (no de esos a los que ganar en una simple carrera). Esta cuarta parte aún se aferra a algunos tics de los episodios previos, pero igual sienta los cimientos de todo lo que vendría después: desde la muerte de una de sus protagonistas, nuevos rostros que se unirían a la banda, conexiones con anteriores y futuras entregas (aquí el primer cliffhanger de la saga que conecta directamente con la siguiente). Se convirtió al toque en la película más taquillera de la franquicia, a pesar de que la crítica aún no estaba convencida de su valor cinematográfico.

«Rapidos y Furiosos: 5in Control» (2011) de Justin Lin: LA MEJOR

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Esta quinta entrega es insuperable por demasiados motivos. Aquí no hay ni señales de las carreras de autos, sino que se trata de un ejercicio de atracos puro, un «La Gran Estafa» sobre ruedas con un complejo plan para hacerle frente a un poderoso narcotraficante brasilero. Esto los obliga a movilizarse hasta Río de Janeiro: el cambio de clima y escenarios ayuda a la acción (¡cómo olvidar aquella persecución a pie por las favelas!). La inclusión de Dwayne ‘La Roca’ Johnson le añade una dimensión adicional a la historia: no solo se trata de un gancho comercial (que lo fue, efectivamente), sino que convierte a nuestros protagonista en anti-héroes en busca de una oportunidad para rehacer su vida y redimirse, adentrándose en los grises de la vida criminal. La ejecución del atraco funciona al milímetro, con un Justin Lin que hace que la acción bordee con lo fantástico. El director también logra darle espacio suficiente a cada uno de los protagonistas (que son casi una decena), haciendo evidentes sus arquetipos dentro de la historia, pero también sus aspiraciones y miedos personales. Todo en esta película funciona a la perfección, tanto el espectáculo visual bien armado, como una trama compleja que respeta su propia lógica. La crítica se rindió a los pies de estos Vengadores sobre ruedas que llegaron un año antes de que Marvel estrenara aquel tanque en el que juntaba todos sus universos. Sí, aquí un precedente importante de la manera de armar franquicias hoy en día.

«Rápidos y Furiosos 6» (2013) de Justin Lin: PISANDO EL ACELERADOR

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La sexta entrega tenía la difícil misión de superar a la anterior. Y no lo logró, pero se quedó muy cerca de hacerlo. Esta es la secuela en la que se explora mucho más profundamente la idea de familia, al hacer que uno de sus integrantes se vuelva en su contra: Letty, a quien asumimos muerta en la cuarta parte, regresa pero como una de las villanas principales luego de que pierda la memoria. ¿Será que la noción de familia puede superar cualquier impase? Es también un episodio que dota a sus personajes femeninos de particular independencia, ya que las películas de acción solían ser dominadas por la testosterona: Michelle Rodriguez, Gal Gadot y Gina Carano no son las damiselas en peligro que necesitan ser rescatadas, sino que esgrimen sus propios duelos, escriben su propia suerte. Dos momentos importantes e inolvidables de esta entrega: la persecución en la autopista que concluye en aquel salto imposible del personaje de Dominic para rescatar a Letty (cuando la acción más absurda es la materialización más precisa de un conflicto emocional interno) y toda la secuencia final sobre un avión en movimiento. Sí, los carros ya no importan tanto desde hace tiempo, sino los personajes de los cuales nos hemos enamorado. Y la taquilla que no deja de apilarse, claro.

«Rápidos y Furiosos 7» (2015) de James Wan: HISTORIA DE FANTASMAS

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Es así que llegamos a la séptima parte de esta franquicia sobre ruedas, una entrega definida por dos ingredientes importantes: Paul Walker y James Wan. Es interesante cómo la muerte del primero y la trayectoria del segundo en el terror hacen de este episodio una historia de fantasmas. Sí, tiene que ver con el morbo de ver qué tanto se modificó la historia original que se iba a contar por la desaparición de un protagonista original, notar las costuras narrativas y su reemplazo digital con la ayuda de sus dos hermanos. Pero va más allá de eso. La venganza de Deckard Shaw (interpretado de manera soberbia por Jason Statham) es una en la sombra, un agente escabullidizo que, si bien es el detonante de todo lo que sucede, no es una figura constante en la historia, sino que se inmiscuye en los momentos menos esperados y sin hacerse notar demasiado.

Por otro lado, la película reflexiona acerca del presente inexorablemente definido por el pasado, la imposibilidad de huir de las consecuencias de los actos o de negar la naturaleza que nos define. Es el fantasma de Brian O’Conner (un Paul Walker que aparece en la película sin demasiado protagonismo) el que pone en jaque emocionalmente a toda la banda: él quiere alejarse de la adrenalina para dedicarse a su familia, pero no puede ya que extraña demasiado el placer del peligro. Este conflicto general es el que deviene en una emotiva despedida final al personaje, una que refuerza la necesidad del cambio en la vida, de perseguir nuevos caminos, de crear nuevos núcleos familiares. Y es que la vida continúa, tanto en la realidad como en esta franquicia, sin importar los elementos que entren o salgan de ella. Sí, hay una suerte de reflexión existencial sobre la vida aquí, algo sorpresivo para una película de acción.

Ojo que las secuencias de persecuciones, peleas cuerpo a cuerpo, automóviles que son lanzados desde aviones en movimiento, que atraviesan edificios, así como drones que persiguen a nuestros héroes, están lujosamente filmadas: James Wan le añade dinamismo a todo con una cámara que no puede mantenerse quieta, cuyos acercamientos o alejamientos, inclinaciones o planos secuencia, están puestos allí para agudizar las tensiones y enfatizar intenciones. No es la mejor de la saga (se siente un poco larga y desordenada en su último tramo en Los Ángeles), pero igual mantiene la valla tan arriba como sus dos antecesoras. Nos queda esperar a ver qué sigue.

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