En Cinta Martes, 10 febrero 2015

CRÍTICA: “Foxcatcher” o la bomba que siempre está a punto de estallar

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Escribe: José Miguel Bellido (@josembellidog)

A pesar de solo haber hecho tres largometrajes de ficción en un lapso de diez años, el neoyorquino Bennett Miller debe ser una de las voces más importantes del cine contemporáneo. La relevancia de cada una de sus cintas, con sus particularidades, es innegable, yendo desde “Capote” en el 2005, pasando por “Moneyball” en el 2011 y regalándonos en esta oportunidad “Foxcatcher”, su más reciente trabajo con el que se coronó como el Mejor Director del último Festival de Cannes.

Justamente, a un primer vistazo, “Foxcatcher” continúa la tendencia que ha guiado a Miller como narrador a través los años: historias basadas en hechos reales, que toman porciones biográficas o acontecimientos puntuales para con ellos intentar dimensionar los rasgos psicológicos de sus protagonistas. El director quiere poner de manifiesto los demonios internos de sus personajes, un intento por comprender cómo las situaciones en las que se ven envueltos se hilan unas con otras, generando una relación de causalidad entre las decisiones que estos toman, para bien o mal, y las posteriores consecuencias que deben afrontar por sus actos.

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“Foxcatcher” es un acercamiento a la dramática relación entre los hermanos y luchadores olímpicos Mark y David Schultz y el multimillonario John Du Pont, una vez que este los recluta para potenciar la participación del equipo norteamericano en competencias internacionales, luego de que ambos ganaran la medalla de Oro en los Juegos Olímpicos de 1984. En la película apreciamos cómo se inician y desdibujan las relaciones entre los protagonistas en un periodo de cerca de diez años: desde el entusiasmo inicial de Mark (interpretado por un lúcido Channing Tatum, que se tambalea como primate en pantalla) por atrapar esa oportunidad única en su vida, al desencanto posterior que significa debatirse entre no ser la sombra de su hermano mayor (también estupendo, Mark Ruffalo) y, al mismo tiempo, la lealtad innata o familiar, versus aquella creada por la figura paternal completamente trastornada y manipuladora de su patrocinador (un irreconocible y extraordinario Steve Carrell, que lo último que da es risa).

El peso narrativo de “Foxcatcher” reside principalmente en la construcción de sus personajes y las jerarquías que dominan sus relaciones, en base a las atmósferas que los rodean e incluso a las interacciones físicas que sostienen. Tanto Tatum como Ruffalo y Carrell se sumergen en sus roles, tomando no solo las características físicas, sino también las psicológicas de cada uno de los personajes a los que les toca dar vida. Sus actuaciones se basan en una dualidad: los gestos, la fuerza y lo corporal se debaten con el pensamiento, la psiqué y la palabra.

El guión de E. Max Frye y Dan Futterman plantea justamente un contrapeso entre lo que dicta el lenguaje verbal y el no verbal: ahí donde la alegría, el orgullo o la frustración no se transmiten con exclamaciones o gritos, sino a través de un abrazo, una cachetada, masajes, llaves de lucha libre o golpes iracundos contra lo primero que se cruza en el camino, claves para entender lo que cada personaje siente o piensa con respecto a otro. De esta forma, los conceptos de lucha y competencia se desvinculan de lo meramente deportivo y pasan al plano personal.

Foxcatcher Steve Carell

Miller aborda la historia desde los múltiples puntos de vista necesarios para formar un panorama completo. Mark, un hombre impulsivo y sin rumbo definido que retrata al dominio de la fuerza sobre la razón, un personaje que se debate entre las dos figuras paternales que le significan su propio hermano, en un extremo, y su auspiciador, quien decide acogerlo en su hogar y adoptarlo como su propio hijo. Por otro lado, Dave, ya con una vida familiar, debe luchar por sostener a su hermano menor y, a la vez, tomar las riendas del proyecto sin dejarse influenciar. Y, finalmente, al propio du Pont, quien se ve a sí mismo como un filántropo y mecenas que busca obsesivamente ser un líder, para contrarrestar sus falencias familiares (hay que destacar a una breve, pero notable, Vanessa Redgrave), intentando llenar ese vacío con los Schultz.

Es ahí donde “Foxcatcher” impacta: en la sesuda, compleja y detenida radiografía que hace de estos tres hombres, una relación dominada por la inestabilidad que a cada momento promete estallar y llevarse todo a su paso. No hay recoveco de la mansión, del salón de entrenamiento o de las habitaciones personales, hermosamente fotografíadas por Greig Fraser (el de “Zero Dark Thirty” o “Killing Them Softly”) donde no se oculte la desesperanza, siempre acechando y esperando el momento indicado para salir a la luz. Y vaya manera en la que lo hace. 

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