En Cinta Miércoles, 4 febrero 2015

CRÍTICA: «El Código Enigma» o la homosexualidad más tímida y correcta

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Escribe: Alberto Castro (@mczorro)

Existe un tipo de película que suele aparecer por esta época del año en nuestra cartelera, un sub-género que replica esquemas y tics con los que consigue amasar una buena cantidad de premios. Se trata de películas manipuladoras, melodramáticas (aunque con pincelazos de comedia, obvio), condescendientes y algo predecibles; de esas que suelen gustarle a todo el mundo y que precisamente arrasan con laureles por lo mismo. Títulos de corte de época, mejor si se sitúan durante algún conflicto armado importante. De esas que suelen presentarnos el retrato de hombres importantes para la historia occidental o casos emblemáticos de la vida real, da igual que sean artistas, científicos o héroes de guerra. Eso sí, siempre poniendo sobre el tapete problemáticas sociales del momento, pero de la manera más políticamente correcta. No se trata mucho de discutir sobre los grises, sino de que la historia devenga en una moraleja legible y casi demagógica.

Se trata de una fórmula que ha demostrado ser efectiva, si de prestigio, premios y taquilla se trata, encontrando ejemplos recientes en «Philomena», «Historias Cruzadas» (The Help), «El Discurso del Rey» o «Un Sueño Posible» (The Blind Side). Ojo que el recurrir a esta fórmula no implica una mala película. Lo que sí, las ataduras del molde hacen que muy pocas sean realmente memorables en el sentido más cinematográfico. Nos emocionamos, asentimos con la cabeza ante el héroe y rechazamos al villano (que usualmente representa a la sociedad entera o determinados prejuicios), pero las olvidamos pronto.

«El Código Enigma» del noruego Morten Tyldum pertenece a este tipo de película, al contarnos la vida de Alan Turing, matemático inglés que se dedicaba a descifrar códigos nazi durante la Segunda Guerra Mundial, un hombre que fue perseguido y condenado por ser homosexual. Todos los elementos necesarios para ser un golazo frente al Oscar están aquí, con el suficiente punche social como para generar atención mediática, algo que el avispado Harvey Weinstein (gurú de las campañas y lobbista máximo de la Academia) olió desde el Festival de Berlín celebrado en febrero del 2014, cuando adquirió sus derechos de distribución por 7 millones de dólares (cifra record, por cierto).

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Y sí, estamos ante una película muy correcta (correctísima), de alto nivel de producción (altísimo) y performances que funcionan de manera orgánica, un filme que puede resultar entretenido, fácil de seguir y hasta conmovedor. El problema es que el molde no la deja respirar y estamos ante una cinta que no puede callarse y dejar de explicarlo todo, negándole cualquier espacio a la interpretación, haciendo que cada personaje no solo verbalice su accionar, sino que hasta señale el prototipo de personaje que representa (nada más obvio que Keira Knightley proclamando que debe esforzarse el doble para permanecer en el trabajo de un hombre en la época, cuando es algo que quedó clarísimo desde que si quiera postuló al puesto).

Aunque el principal desacierto de la película es que, en el afán de permanecer correcta y no ofender a nadie, se detiene ante cada oportunidad que se le presenta de cuestionar más de lo debido, no atreviéndose a trasgredir o ahondar mucho en sus conflictos. Es como si le diera miedo el tocar el tema que debería guiar toda la narrativa: la homosexualidad como la condena social máxima de un hombre que casi casi decidió el destino de la guerra. (Y esto va más allá de las licencias que se dice que la película toma al respecto de la vida de Turing).

Es cierto que ver los entretelones de cómo se descifró el funcionamiento de la máquina nazi Enigma puede resultar divertido, pero al final consiste en simples obstáculos que todos sabemos terminarán superándose. Y ni si quiera el cómo es tan ingenioso, una simple cadena de causas y consecuencias, de focos que se prenden en base a pistas de la vida cotidiana, algo que hemos visto mil veces en seriales policiales. Pero, vamos, la carnecita de la película debió ser cómo un hombre cuyo trabajo pudo resultar tan decisivo para el desenlace de la guerra pudo ser condenado por su condición de homosexual, como si fuera un limitante, una disabilidad, una enfermedad.

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Es curioso que «El Código Enigma» (título que le han puesto en español que hace referencia a la máquina) distraiga tanto de «El Juego de Imitación» (traducción literal del título en inglés de más amplias interpretaciones) que debió pesar más en el desarrollo de la historia: esta idea de cómo los humanos codificamos en general nuestra manera de ser o la forma en la que nos comunicamos. Si, la película nos habla de estos juegos de camuflaje, de lectura de intenciones y criptología en general que tanto le fascina a Turing (que además se ejemplifica en su carácter antisocial aspergeriano) casi como una metáfora del conflicto interno al que debe enfrentase. Pero cada vez que nos topamos con un Benedict Cumberbatch (quien, por cierto, está tremendo en su papel, combinando a su propio Sherlock con las manías de Sheldon Cooper) que desnuda el alma y se cuestiona sobre su propia naturaleza humana en base a su condición de homosexual, la película prefiere luego aligerar el paso y regresar al juego de espías más básico.

Creo que suena a que la película me ha gustado menos de lo que en verdad la disfruté, solo que siento que hay un potencial desaprovechado en ella. Se nos presenta una moraleja clara: en la diferencia es que vamos a encontrar la grandeza; hay que aceptarla, abrazarla, entender que es posible sentir o amar de otra manera, sobretodo pensar diferente (la analogía que se hace en torno al pensamiento de una computadora es precisa). Y si bien me molesta que este mensaje sea entregado casi por escrito al espectador, sin darle la oportunidad de reflexionar y debatir por sí mismo, creo que se trata de una película necesaria para la época que vivimos, incluso más en un país en el que aún se escuchan risitas nerviosas o susurros de desaprobación en el cine cuando se habla dela homosexualidad.

«El Código Enigma» es una película importante por la llegada masiva que puede alcanzar gracias a los premios que ha acumulado, que hará asequible un mensaje de igualdad y respeto en torno a la homosexualidad, pero que se queda corta en dar nuevas luces sobre el tema justamente por evitar perder un eje más comercial. Se trata de una película necesaria para el contexto social en el que vivimos, pero eso no la convierte en una gran película, por lo demasiado tímida y correcta que es. Se agradece el esfuerzo, pero a ver si la recordamos en un par de años.

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