En Cinta Miércoles, 28 enero 2015

CRÍTICA: En defensa de «Francotirador» y de Clint Eastwood

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Escribe: Alberto Castro (@mczorro)

Desde que se estrenó «Francotirador» (American Sniper), la más reciente película del realizador norteamericano Clint Eastwood, el debate no ha cesado en torno al retrato que hace sobre Chris Kyle, considerado el francotirador más letal de la historia bélica de los EEUU. ¿Se trata de una propaganda republicana, que justifica la guerra que emprendió el país del norte contra Irak? ¿Se trata de la celebración del supuesto altruismo de un hombre que prefirió hasta abandonar a su familia por perseguir la seguridad de su país? Se la acusa de ser inexacta en las misiones que presenta, de un sesgado análisis de los bandos en conflicto, de presentar a los enemigos como salvajes a los que exterminar sin mayores justificaciones, todos por igual.

Y sí, estamos ante una película basada en la autobiografía del mismo Kyle, así que se trata de un relato contado desde su punto de vista. Quizás su lado más flojo sea justamente la unidimensionalidad con la que presenta al enemigo, uno fanático, violento, que no parará por nada hasta ver al último militar norteamericano en el suelo, suplicando perdón. (Ojo que igual el director separa a los terroristas intransigentes de los habitantes que sufren de manera colateral). Pero Clint Eastwood no quiere hablarnos de la guerra en sí, no pretende contrastar argumentos rivales, ya que el combate está como contexto para el cuadro que quiere pintar sobre un héroe contemporáneo y los efectos que trae consigo el enfrentamiento.

Me recuerda a la controversia que desató «The Hurt Locker» en su momento, película muy similar en temática, a la cual se la acusó de superficial en el planteamiento de la guerra, cuando lo que Kathryn Bigelow quería contarnos era la historia de un desactivador de bombas adicto a la adrenalina. No por hablar de la guerra un director está en la obligación de hacer un panorama completo sobre la misma, algo que estaría un poco más alineado con el documental, que busca justamente enfrentar posturas. En todo caso, los ejercicios de investigación periodística o alegatos judiciales estarían más cerca de la veracidad que algunos le exigen a este tipo de películas.

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La ficción consiste en eso: en seleccionar, en interpretar, en adaptar y en modificar, todo en pos de lo que quiere decir el director. Clint Eastwood se toma la libertad de acomodar las piezas de su relato como mejor cree que pueden funcionar narrativamente. Y vaya que lo hace bien: los momentos de tensión en Irak y la falsa tranquilidad en casa se complementan a la perfección y jamás le dan respiro al espectador. A la vez quiere rendirle homenaje a un héroe controversial, considerado por sus detractores como un psicópata racista, para a través de su historia dejar un mensaje crítico y contundente de la guerra.

Sí, la película está en contra de la imagen heroica que se tiene de las misiones militares. Clint Eastwood prefiere que el espectador se ponga de lado del protagonista en un primer momento, para luego poder mostrarle su condena. El personaje de la vida real pudo haber sido diferente (más obsesivo, violento o qué tantas cosas), pero esta es la interpretación que tiene el realizador de su personalidad y así es como prefiere llegar al punto que quiere expresar.

Vamos, los que creen en los retratos fidedignos de la realidad en la ficción deben estar pensando viajar a Minnesota a buscar el tesoro enterrado en la nieve de «Fargo» o deben pensar que «Marie Antoinette» corría en zapatillas converse y escuchando The Radio Department durante su reinado en Francia.

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Que Eastwood respete al personaje no significa que esté completamente de acuerdo con él. Solo alguien tan curtido en la realización podía crear una propaganda de guerra desde su lectura más superficial y llenarla de cuestionamientos entre líneas, volviendo a su protagonista el eje sobre el cual todo se construye, sí, pero también se derrumba. Hay que agradecerle también a Bradley Cooper por componer en pantalla un personaje lleno de matices, a pesar del ensimismamiento en el que vive.

Estamos ante un personaje plano por definición, que comienza y termina igual en sus convicciones, pero el actor se encarga de generar capas y dudas en sus expresiones, cuando sus ideales empiezan a destruir todo a su alrededor o cuando sus acciones lo enfrentan a la exacta antítesis de aquello que defiende. El texto sobre la gloria que se lee en el funeral de un amigo suyo es una muestra de las contradiciones de la guerra:

La gloria es algo que algunos hombres persiguen y con lo que otros se topan, sin esperar ser encontrados. De cualquier manera es un gesto noble que puede otorgársele a uno. Mi pregunta es: ¿cuándo se desvanece la gloria y se convierte en una cruzada errada, o un medio injustificado que lo consume a uno totalmente? He visto la guerra. He visto la muerte. He visto el dolor que te embarga cuando vez a un hombre respirar por última vez. Solo me queda esperar y rezar porque ninguno de ustedes experimente algunas de las cosas que he visto y sentido allá.

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Las escenas de vuelta a casa son horroríficas, filmadas como persecuciones eternas, como slashers en los que el asesino en serie está en la puerta esperando el momento indicado para entrar, como filmes de posesiones en los que el padre de familia está a punto de coger un hacha y eliminar todo a su paso. Se trata de una película sobre el estrés post-traumático, sí, pero también sobre el demonio que uno lleva dentro cuando las convicciones te ciegan. Chris Kyle es un perro ovejero en la superficie, pero la película se encarga de desdibujar el límite que lo separa del lobo agresor (recurriendo a la metáfora que la película misma nos ofrece).

Chris Kyle es un héroe, sí, en la superficie, en el campo de batalla, en medio de tácticas de combate y avance de tropas. Pero Eastwood se pregunta a qué costo. Se cuestiona sobre qué tan loable es seguir sus pasos, qué tanto sacrificó (incluso inconscientemente) para defender una causa que consideraba justa y qué tanto sufrió una familia que fue dejada indefensa en casa. Eastwood se defiende de los que lo acusan de propagandista así:

El argumento anti-guerra más potente es lo que la guerra hace con las familias que quedaron en casa.

Solo que los ingredientes que apuntan a esta conclusión están camuflados, puestos por aquí y por allá, para ser interpretados. Como aquella gorra que lleva el soldado como metáfora máxima de su conflicto interno: el elemento cool en combate, convertido en la sombra que oscurece casi toda su cara en la vida cotidiana.

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Las interpretaciones más superficiales (que han devenido en las críticas más absurdas) de la película me recuerdan un caso más cercano: la cortina de humo levantada en torno a «La Cautiva» y su supuesta apología terrorista. Se la acusó de imprecisa y pro-senderista por los cánticos que ensalzaba, cuando cualquiera que prestara atención al lamento de Emilram Cossío o la alegoría-danza del desenlace se daría cuenta que la obra está en contra del conflicto interno en general, del horror que desató en ambos bandos, de su sinsentido.

Y es que al final se trata de eso también, de la interpretación personal que le da cada uno a una película (u obra de teatro). El que apoya la guerra, va a encontrar en «Francotirador» su más potente propaganda y defensa militar. Los que estén en contra, podrán ver cómo la guerra carcome la sociabilidad de su protagonista, poniendo en riesgo su estabilidad familiar. Y los que quieran buscarle los tres pies al gato, pues lo harán, juzgando la película en base a su superficie, pero sin prestarle atención a las preguntas que Eastwood sutilmente pone en el camino. Prefiero eso a la demagogia o moraleja fácil. Las mejores películas son justamente esas que generan debate, las que ponen preguntas en nuestra cabeza, las que nos dejan pensando luego de haber salido del cine.

Regresando al tema de «Francotirador» como película (y no todo el rollo sobre lo que la ficción puede o no puede hacer), estamos ante la mejor propuesta que nos ha regalado Clint Eastwood desde «Gran Torino», pero no llega a igualar a la notable «Cartas Desde Iwo Jima» en el rubro bélico. En cierto momento lo que nos cuenta se vuelve redundante y podría haber durado un poco menos. El enemigo sin personalidad también le resta algo de puntos, pero no afecta el argumento principal que enarbola el director. Bradley Cooper nos regala la mejor performance de su carrera, la primera vez en la que dejé de ver al actor y vi un personaje. Finalmente, es notable la humanización de Chris Kyle: no en el sentido Nolan de hacer que un personaje sufra y sienta remordimiento de sus acciones, sino por el punto final de su vida, anticlimático, sin rimbombancia o suceso heroico, tan casual como una puerta que se cierra al comenzar un nuevo día.

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